Así transcurrió mi 1º de Bachillerato, harta de todos y de todo. Me cuesta reconocerlo pero sí: amargada.
Pasé un verano en París (ciudad que me enamora) odioso. No pude disfrutar gracias a mi madre y nuestra falta de comunicación (que por entonces yo no entendía). Yo solo quería hacerla feliz, pero nunca era suficiente. Y ese verano me saturó.
Mi otra parte... se miraba al espejo. Se veía immensamente gorda, y por lo contrario, mi peso en la báscula cada día era menor. No era capaz de entenderlo, pero aún así solo me fiaba de mis ojos.
Odiaba las fotos. Odiaba los espejos. Odiaba la comida. Y lo peor... empecé a odiar estar con gente, incluso mis amigos que solo querían ayudarme.
Estaba tan obsesionada, que pasaba mi día en el gimnasio, con un papel en la mano y contando calorias que apenas ya consumía.
Más adelante, mi mente no permitió salir a la calle. Me decía: "donde vas por la calle, gorda. Todo el mundo te mirará y pensará que eres ridícula". Imposible, lo sé a día de hoy, pero para entonces, yo ya estaba demasiado enferma...
Mss. Bello.

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